Hubo un tiempo en que la gente “pobre” —esa que vivĂa con lo justo, que trabajaba de maestro, jardinero, albañil o costurera— parecĂa tenerlo todo menos plata.
Entraban a un empleo y se jubilaban allĂ. Criaban hijos. TenĂan vecinos, fiestas, mates en la vereda.
No eran exitosos, pero sĂ eran personas con vida.
Hoy, en cambio, muchos de los que “la hicieron” —los que ganan bien, los que hablan inglés, los que programan o hacen posgrados— están al borde del colapso emocional.
Afuera, todo parece lujo: notebook nueva, sueldo en dĂłlares, teletrabajo.
Adentro, soledad, ansiedad y pensamientos oscuros.
🧠La generación que lo tiene todo… menos sentido
Juan, programador brillante, cambia de trabajo cada seis meses. Lo echan, o el contrato se acaba. Vive con miedo, no a la pobreza, sino al vacĂo.
Pléuto, otro ejemplo, gana bien y reinvierte en pasivos. Tiene casa, PC, dinero… y depresión. Se siente preso en su propio éxito.
Su hermana, endeudada hasta el cuello, rĂe con amigos en la plaza y no cambia eso por nada.
Tino, que estudió, hizo máster, idiomas y carrera, llega a los 42 sin pareja ni hijos.
Mientras tanto, sus excompañeros —electricistas, albañiles, colectiveros— ya tienen familias, asados y nietos en camino.
Los “ganadores” sienten que perdieron algo que no saben nombrar: vida.
đź’¬ “No tengo hijos porque la situaciĂłn está difĂcil”
Esa es la frase de moda en las clases medias y altas.
Pero si fuera realmente por economĂa, ÂżcĂłmo se explica que los más pobres —que viven en el mismo paĂs, con peores sueldos y menos estabilidad— sĂ se casen, sĂ tengan hijos, sĂ se vayan de casa?
Quizás la verdad es otra:
los de arriba no están pobres de dinero, sino de coraje.
O, más brutalmente, están atrapados en una cultura donde todo debe ser perfecto antes de vivir.
Primero el tĂtulo, luego el máster, luego el viaje, luego la casa, luego la terapia, luego… nunca.
Mientras tanto, los otros viven con menos miedo y más impulso vital.
Saben que la vida no se planifica: se habita.

💔 El precio del “éxito”
La modernidad nos vendió una trampa: la del éxito sin comunidad.
Nos convencieron de que la felicidad era subir en la escalera econĂłmica, aunque eso implicara bajarse de la escalera humana.
Que habĂa que estudiar, competir, destacar.
Y asĂ lo hicimos. Pero, al final del camino, el aplauso no alcanza para llenar el silencio de una casa vacĂa.
La soledad de las clases acomodadas no es casual.
El trabajo remoto, los horarios alienantes, la meritocracia y la presión de “ser tu mejor versión” destruyeron el simple placer de estar con otros.
Y en ese mundo, hasta el amor se vuelve proyecto, no refugio.
🌱 El abuelo analfabeto y el nieto universitario
Tu abuelo, que no sabĂa leer ni escribir, fue más valiente que muchos con MBA.
Tu abuela, con primaria incompleta, construyó más futuro que cualquier influencer de productividad.
Porque ellos no esperaron el “momento ideal” para vivir: vivieron igual.
Ellos no tenĂan seguros mĂ©dicos, criptomonedas ni estabilidad laboral.
Pero tenĂan algo que ya casi nadie tiene: certeza emocional.
SabĂan quiĂ©nes eran, a quiĂ©n amaban, con quiĂ©n querĂan compartir la vida.
Nosotros, en cambio, tenemos diplomas, followers y cuentas en dólares… pero no sabemos ni con quién almorzar el domingo.
🕯️ EpĂlogo: la vida que no se compra
El siglo XXI produjo una nueva forma de pobreza:
la pobreza afectiva del éxito.
Una clase de personas que ganan bien, pero no se animan a vivir.
Que temen al error más que a la muerte.
Que confunden “postergar” con “prepararse”.
Quizás el desafĂo de esta generaciĂłn no sea ganar más, sino atreverse a vivir con menos miedo.
Porque de nada sirve el dinero si lo que falta es un abrazo.

